LAS FUENTES DE MNEMOSINE
Nueva exposición individual de la artista mexicana Astrid Sommer.
Fiel a su técnica, en esta ocasión alterna los habituales grandes lienzos junto a otros de mediano y pequeño tamaño. Lo que permanece invariable, porque es la esencia misma de su arte, es el uso de un color intenso, vibrante, revelador de su origen mexicano, pero también de un optimismo vital contagioso. Como acostumbra, sus composiciones son densas, con un interesante “horror vacui” construido a partir de pinceles y brochazos espasmódicos que arrojan escorrentías fascinantes sobre los lienzos. Pero en esta ocasión, observamos que varias de las obras abren espacios vacíos enigmáticos introduciendo, tal vez, un aire libertario, o una avanzadilla de nuevas exploraciones pictóricas.
Una obra de arte como objeto fuente de memoria puede convertirse así en fuente objeto para nuevas obras artísticas que fertilicen en otras memorias.
Antes de que aparezca una pintura existen ya los colores, las formas, los espacios, las imágenes, los gestos, las técnicas, las obras que hemos visto y las experiencias que hemos acumulado. El artista selecciona, transforma, relaciona y vuelve a organizar materiales que pertenecen a un mundo compartido, institucionalizado.
En la anterior exposición de Astrid Sommer, hablábamos precisamente de la trama, de la urdimbre y el entretejimiento de hechos redivivos, de aquello que ya no permanece oculto y se revela en otra realidad inesperada, que vuelve a aparecer bajo otra forma, intencionadamente abstracta. La pintura podía entenderse entonces como una superficie en la que colores, formas y experiencias se relacionan en algún lugar entre el cuerpo y el taller del artista y reaparecen transformados en otros objetos fuente que sorprenderán la memoria del observador atento, despierto a lo complejo y dispersado.
Esta nueva exposición prolonga ahora aquella mirada desde otro lugar, el de la Memoria como “Fuente de Fuentes”. Me explico. Las facultades mítico-naturales de Mnemosine no deben entenderse aquí simplemente como el recuerdo de acontecimientos pasados y personales. La titánide que personifica la Memoria y que fue madre de las nueve Musas en la cultura mediterránea (Calíope, Clío, Euterpe, Erato, Melpómene, Polimnia, Terpsícore, Talía y Urania) nos permite pensar en algo mucho más trascendental, en todo aquello que permanece después de vivido y hecho objeto fuente para otras memorias.
Una forma que hemos visto puede reaparecer años después transformada. Un color puede quedar asociado a una sensación. Una textura puede permanecer en nuestra percepción, aunque hayamos olvidado dónde la encontramos. Una determinada combinación de líneas, espacios y ritmos puede volver a nosotros sin que sepamos exactamente de dónde procede. La memoria no conserva solamente imágenes, conserva relaciones, y estas tienen que ver con la Verdad del Logos.
Podemos imaginar esas relaciones como una trama, como un estroma, una urdimbre, una red en la que cada elemento adquiere nuevas posibilidades por su relación con los demás. Algo semejante sucede en nuestra experiencia perceptiva. Aquello que hemos visto, aprendido o vivido no permanece necesariamente aislado, sino que puede volver a conectarse de maneras diferentes, nuevas, inesperadas (creativas se dirá).
Las pinturas de Sommer emanan de esa fuente. Por eso la abstracción de Astrid no supone alejarse del mundo. Al contrario, implica volver a organizar nuestra verdadera relación con él por medio de una terminología abstracta, deliberadamente nematológica (enrevesada).
En sus obras, una línea puede dejar de ser el contorno de algo para convertirse en dirección, una mancha puede abandonar cualquier referencia figurativa y adquirir una función espacial, un color puede dejar de describir un objeto y convertirse en una presencia, una trama puede sugerir simultáneamente profundidad, superficie, tejido o movimiento. La pintura construye así un espacio en el que las relaciones importan tanto como los elementos que las forman, convirtiéndose en un objeto para la memoria (alma, mente, psique) que inevitablemente influirá en la visión del mundo de quien se para a verla o curiosearla. A esa capacidad del objeto artístico como fuente para la memoria se la denomina objeto artístico fuente o psiconoemático. La expresión puede parecer compleja, por distinta, pero la idea es clara y vamos a intentar darla.
Consideremos una obra de arte como un objeto material artístico fuente, de donde emanan sensaciones, impresiones, relaciones, mapas… y que una vez representado por medio de la taumaturgia del artista, pasa a ser un objeto presente, ahí delante, un noema, un producto de la psique del autor… un objeto psiconoemático que me afectará en la medida en que la sensibilidad de mi memoria admita la infinitud de las construcciones artísticas del mundo.
Las pinturas, en esta exposición, permanecen ante nosotros como algo casi independiente de su autora y son ricas fuentes de novedosa realidad para la psique, el alma o la memoria de los que no son la propia autora. No recibimos en ese acto de observación la memoria de Astrid. No podemos entrar en sus recuerdos ni reconstruir exactamente aquello que estuvo detrás de cada decisión pictórica. Lo que recibimos es otra cosa: una posibilidad de poner en movimiento nuestras propias relaciones, revitalizar nuestras coordenadas ante la presencia de lo vivido representado en lo abstracto.
Un espectador puede reconocer una forma que le recuerda a otra, en un acto de pareidolia. Otro puede quedar obsesionado por una determinada combinación cromática. Alguien puede experimentar una sensación de vacío, o de saturación, o simplemente que, después de pararse en el cuadro durante un tiempo, comienza a mirar de otra manera una superficie, un tejido, una sombra o una arquitectura. La pintura es la misma. La visión como fuente que remueve la
memoria no lo es. Y precisamente ahí es donde parece que reside la potencia de una obra de arte, en su efecto renovador (o no) de las coordenadas en las que se mueve el ser humano por el mundo.
En aquella exposición aparecía la trama, aquello que se entreteje, se oculta y se revela. En esta aparece la memoria de la trama, aquello que permanece de lo vivido y puede volver a ser relacionado, transformado y convertido en una nueva configuración. Entre ambas exposiciones existe, por tanto, un mismo interés por aquello que no se presenta inmediatamente ante nuestros ojos. Pero ahora la pregunta cambia. Ya no se trata solamente de preguntarnos qué realidad está oculta detrás de la pintura, sino también qué nuevas relaciones puede hacer aparecer la pintura delante de nosotros.
Ese podría ser el sentido último de estas Fuentes de Mnemosine: no solo conservar en los objetos reales del arte realizado, sino mantener abiertas las posibilidades de recomponerlos de nuevo, con el talento que emana de las fuentes del artista inspirado renovado.
Roberto Ballesteros