LA NATURALEZA DE UN INSTANTE
«La Naturaleza de un instante» es la cuarta exposición individual de Salustiano en STOA, la quinta si incluimos la exposición dual «F2», junto a la artista Conchi Álvarez. Como en las recientes muestras, ha sido comisariada por Roberto Ballesteros y Conchi Álvarez.
Salustiano es el artista de la Belleza, y como supremo sacerdote de esta deidad, crea pinturas en las que la perfección técnica es sacrosanta. Lleva los medios que usa a niveles de la altura de los Grandes Maestros. Sus series de retratos impactan por esa simbiosis de neorenacimiento y rabiosa contemporaneidad que los convierten en obras reconocibles y únicas. En esta exposición descubrimos una nueva serie sobre la Naturaleza.
LA NATURALEZA DE UN INSTANTE. Liturgia y sensualidad
La nueva colección de pinturas de Salustiano García Cruz que se presenta en STOA, les situará, de forma sorpresiva, ante un mundo de imágenes ingrávidas, provocativas, como detenidas en el espacio-tiempo.
Afirmando su inconfundible estilo de figuraciones aisladas, fondos opacos y colores precisos, el artista sevillano, en esta colección, les invita a mirar con calma, despacio, ya que, fiel a sus fundamentos estéticos, sus obras no nos cuentan una historia ni describen una escena concreta; hacen algo muy diferente y excéntrico, algo parecido a… ¿perfeccionar un momento?
Decía Gotthold E. Lessing, en su reflexión sobre el Laocoonte (1766), que la pintura no debería representar una acción completa, sino un instante especialmente elegido, un momento que contenga, en silencio, lo que acaba de ocurrir o lo que está a punto de suceder. Y, como en estas de Salustiano, ese instante no solo se elige, sino que también se construye como único y esencial dentro de las infinitas composibilidades.
Al diluirse lo superfluo en el éter oscuro y redondo, en la biodiversidad de cada cuadro se iluminan las formas con un brillo especial de porcelana. El tiempo parece detenerse, pero en realidad se reorganiza para sugerir y provocar biopsicológicamente la comprensión de lo estático. La fuerza de estos óleos reside en esa claridad tensional. No hay distracciones. La mirada se fija, se sostiene y, poco a poco, empieza a actuar sobre quien la observa. El artista no busca mostrar algo oculto, sino hacer que lo visible desvele una presencia viva, nueva.
Por eso, al situarnos ante estas obras, no solo asentimos o negamos, también cambiamos nuestra forma de mirar. La imagen no se agota en lo que vemos a primera vista: permanece, insiste y nos invita a volver sobre ella. Más que representar el mundo, estas piezas lo reordenan en un instante de sensualidad y silencio neto. La naturaleza deja de ser paisaje y se convierte en esencia fresca.
En lo cuadros de Salustiano, la naturaleza deja de ser representación para convertirse en estructura. Las formas vegetales y orgánicas ya no remiten a un mundo exterior, sino que se encaran como sistemas cerrados de materia, tensión y significado. Lo vivo aparece detenido, aislado y elevado a la categoría de icono, donde lo biológico y lo simbólico coinciden sin mediación narrativa.
Salustiano parece obligarnos a desplazar la mirada desde la representación de lo humano hacia una indagación en las formas elementales de lo animado. Flores, frutos, plantas y fluidos aparecen aislados, suspendidos sobre fondos absolutos, despojados sintácticamente de todo contexto narrativo. No remiten a un entorno real; más bien se presentan como pensamientos en art decó.
La operación que articula estas imágenes no consiste solo en capturar un instante, sino en naturalizarlo. Aquello que en la experiencia ordinaria pertenece al flujo —la caída de una gota, la apertura de una forma, la tensión de una materia viva— es aquí extraído del tiempo y fijado en una superficie que lo vuelve permanente. El instante deja de ser tránsito para convertirse en forma. La naturalidad que estas imágenes transmiten no es un punto de partida, sino una conquista. Es el resultado de un proceso en el que la pintura, al extremar su precisión, logra ocultar su propio artificio hasta hacerlo desaparecer.
Cada elemento aparece concentrado, depurado, llevado a un grado máximo de visibilidad. La precisión técnica, centrada en lo hiperreal, no busca reproducir lo natural, sino producir una imagen en la que lo vivo se manifiesta como apertura, crecimiento, contacto y nutrición. La vegetalización de lo sensual, la frontalidad y el aislamiento generan una suerte de orden ritual, litúrgico.
Cada pieza de la exposición funciona como una alegoría, no porque represente, sino porque concentra contenido biopsicológico. Al mismo tiempo, la presencia—corales, setas, medusas— introduce una dimensión hipersensual que no remite al relato, sino a la materia sensible que carecen de cerebro, corazón y huesos. Lo vivo se ofrece en su condición más gelatinosa, pero también más extraña y urticante, venenosa.
Desde esta perspectiva, las pinturas pueden entenderse como una iconografía de lo vivo en solidificación, unos viven fijos al fondo, mientras que otras flotan y nadan libremente. No documentan procesos naturales, sino que los reorganizan en una systasis (constitución) de formas donde el tiempo queda retenido y la materia se vuelve simbólica. Ya no aparece como paisaje o entorno, sino como condición formal del instante constituido.
Así, lo natural de ese instante no designa un momento efímero, sino un punto en el que lo temporal se convierte en imaginario y lo vivo, al detenerse, revela otra estructura, inesperada, biosensual. En la liturgia del proceso de detención — precisa, silenciosa, radical— se abre el espacio para una mirada cómplice que se recrea.
Es precisamente aquí donde la obra se presta a una lectura simbólica más densa. El fruto, la flor o la superficie húmeda dejan de ser únicamente formas para convertirse en polos de atracción, casi en objetos de deseo. La aproximación del animal, discreta e inevitable evoca una escena primordial: la del acceso a lo prohibido, la del impulso que precede a toda conciencia. Sin necesidad de algo explícito, las imágenes sugieren una economía elemental del deseo, donde la vida se orienta hacia aquello que lo llama. No hay dramatización ni culpa, pero sí una tensión de ceremonia que remite a estructuras de la cultura visual pop, donde naturaleza, seducción y cuerpo han quedado inevitablemente entrelazados.
Roberto Ballesteros