LOS OTROS ÁRBOLES DEL EDÉN
«Los otros árboles del Edén» es una nueva exposición individual de Conchi Álvarez en STOA. Como en las recientes muestras, ha sido comisariada por Roberto Ballesteros y Conchi Álvarez.
Conchi Álvarez es una artista y comisaria española cuya obra se distingue por la singular convergencia entre el rigor histórico y la intuición poética. Su formación académica en Historia Antigua y Arqueología constituye el punto de partida de una práctica artística que puede entenderse como una auténtica «excavación metafísica». Lejos de centrarse en las ruinas materiales, su trabajo indaga en los estratos más profundos del espíritu humano, utilizando el lienzo como un espacio donde la memoria, el mito y los arquetipos culturales emergen para dialogar con la sensibilidad contemporánea.
“Y Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer, y también el árbol de la Vida en medio del huerto, y el árbol del Conocimiento del Bien y del Mal…”
La sorprendente exposición de árboles que Conchi Álvarez nos presenta es inesperadamente una construcción artística y selecta de los olvidados habitantes vegetales del paradisíaco jardín del Edén. Qué acierto de elección si pensamos que muy pocos pintores en la Historia han dirigido la atención y sus manos de artistas hacia esos otros árboles menores mitológicos y estoy pensando en los árboles de Mondrian, de Klee, de Miró o de Kandinsky.
La Historia Universal escrita por los grandes iluminadores de la Humanidad y difundida por los profetas de la Verdadera Vida solo tuvo ojos para destacar las impresionantes alegorías Bíblicas de los dos grandes árboles sagrados del Paraíso perdido por el pecado imperdonable de Adán y Eva y su desheredada estirpe. Pero ya sabemos que toda gran pintura nace de una obsesión y la de Conchi Álvarez ha sido entre otras bendiciones la búsqueda incesante de la luz que permanece escondida bajo la apariencia de las cosas. No es la luz que ilumina solarmente el mundo sino la que brota desde el interior de las cosas mismas, de los fenómenos, cuando las miramos contemplativamente durante mucho tiempo.
Estos árboles de Stoa, como verán, no pertenecen al reino vegetal porque son solo una analogía. Son más bien el resultado de una decantación picnológica y pictológica de la experiencia de incontables horas de observación silenciosa y de una voluntad constante por descubrir la mezcla secreta del color que emana de la escurridiza naturaleza natural del maravilloso mundo que nos rodea. No estamos ante árboles pintados caprichosamente, nada de eso, son figuras reconstruidas por la memoria sintética de la pintora donde la pincelada deja de describir para interpretar y los colores dejan de copiar para revelar. Cada tronco se convierte en escenario teatral donde se estrena una naturaleza nueva del árbol edénico. Es tan potente el nivel de atracción que alcanza cada cuadro que se construye su propia identidad noemática, es decir, una realidad artística objetiva, transcendental, producida por la voluntad creadora de la artista.
La corteza del noema-árbol se convierte en una cartografía de la experiencia acumulada con los años y en ocasiones (valga el hipérbaton frailuisiano) por la generosa Vida regalada. Porque eso es exactamente lo que sucede. Los iluminados dibujos leñosos sugieren pareidolias de… campos de mies, formas florales, urdimbres vitales, un rostro, un río… quizá ciudades… aunque nada de ello esté pintado, en cada árbol se desenvuelve como en una columna de Trajano las grandes batallas del imperio conquistado. Mucha ilusión, esfuerzo y técnica al servicio del arte paciente y dedicado. Cerca debe de estar la gloria de todo humilde artista por haber conseguido un logro pictórico tan claro.
Toda, o casi toda obra de arte transforma el mundo entorno, y allí donde se realiza o encarna afecta poderosamente al mundo que la observa, la admira o la rechaza. Jacob von Uexküll lo define como Umwelt, o mundo envolvente ajeno a otros mundos en el que como caso desconcertante nos descubre la etología de las arañas que tejen su hilo con una maestría insólita, tanto que transforma el mundo de los seres que la observan y algunos quedan atrapados en la geometría sus formas y otros aprenden a utilizarla como refugio salvador ante otras amenazas.
Los arboles del Edén de Conchi Álvarez son, sin duda, hilos de su alma y les atraparán si buscan el refugio del arte para apartarse de esos otros mundos de la prosa cotidiana. No porque cambie la naturaleza del árbol sino porque cambia nuestra manera de verla con otras formas, de abarcarla. Después de recorrer esta exposición será difícil mirar la corteza de un árbol de igual manera sin preguntarse cuántos colores permanecían ocultos a la vista desde nuestro mundo o cuántas formas habían pasado inadvertidas o cuánta belleza esperaba simplemente una mirada capaz de adivinarla. La pintura de Conchi Álvarez no añade nada científico a los árboles naturales pero en cambio nos da el generoso regalo del artista que trueca la anodina costumbre en algo diferente, acusmático.
Tampoco es superficial ni provocativa la manera en la que ha colocado las piezas de la exposición a lo largo de la galería y verán que la artista lo ha tenido todo en cuenta. No es de extrañar que la sorpresa de mirar los cuadros nos afecte de una manera u otra estimulándonos al fin y al cabo a conectar con los mundos que sugiere, siempre alertando.
Quizá el verdadero Paraíso de estos árboles nunca desapareció. Tal vez continúa creciendo silenciosamente en todos aquellos lugares donde la mirada humana consigue transformar la naturaleza en memoria, la memoria en belleza y la belleza en un mundo compartido. Los árboles de Conchi Álvarez pertenecen a ese bosque invisible. No son el Árbol de la Vida ni el Árbol del Conocimiento. Son sencillamente los otros árboles que han esperado siglos para que alguien descubriera que también ellos contenían la luz de un palimpsesto olvidado.
Si Conchi Álvarez es en esta exposición una descubridora de árboles lo tendrán que decidir ustedes, pero estos árboles del Edén no existían antes de que ella los pintara. No son árboles equívocos, son una nueva realidad artística nacida de años de interpretación y mirada. Se reproduce la silva del tronco para que se dibuje el paisaje interior. Ésa, en mi opinión, es la verdad artística revelada de estas obras y estoy convencido que cuando salgan ustedes de la exposición y vuelvan a pasar junto a un árbol de la calle ya no podrán verlo del mismo modo. Porque la obra de Conchi habrá transformado para siempre su forma de mirar. Y ese es probablemente el mayor logro al que puede aspirar una gran exposición.
Roberto Ballesteros