22 May VOLTA BASEL 2026
Del 20 al 25 de junio
Para Volta Basel 2026 proponemos un proyecto sobre la infancia, comisariado por Roberto Ballesteros y Conchi Álvarez. Retratos infantiles con tres visiones muy diferentes, originales y enriquecedoras, resultado de una catarsis que hace emerger ese niño interior que todos llevamos dentro y que, en el caso de los artistas propuestos, Salustiano, Diego Cerero y Conchi Álvarez, parece haber rescatado su particular enfoque de la niñez.
AMOR Y PEDAGOGÍA. La niñez como lento amanecer de las conciencias.
La infancia es un tiempo vivido en una sucesión de miradas que no cesan de buscar en el prójimo un espejo para reconocerse. Desde la inocencia que observa sin comprender, hasta la conciencia que empieza a buscar lo desconocido, el niño en sus diferentes etapas atraviesa edades interiores que no coinciden con los años, sino más bien con los hitos que va colocando a lo largo de su camino.
Cada uno de estos retratos recoge un momento de ese tránsito: la sorpresa, la timidez, la afirmación de la propia identidad, la mezcla de curiosidad, miedo y entusiasmo. En sus rostros hay silencio, pero también una lucidez que preconiza el futuro ignorado. Las obras, se complementan entre sí en contrapunto bien armonizado. Sinfonía de una memoria compartida, la del niño que todos llevamos y que aún nos habita cuando miramos con asombro lo pasado. Las pinturas se convierten aquí en espejos con retratos que se burlan del tiempo y de los relatos. Desde la Grecia clásica, como sabemos, la educación, (paideia, de παιδός niño) no se concebía solo como instrucción, sino como el arte de formar un ἄνεμος, un ánimo, un alma, una psique. El niño era visto como una semilla de humanidad, un ser en tránsito hacia la búsqueda de la plenitud ética en una vida bien vivida. Educarlo significaba conducirlo hacia la armonía interior, la kalokagathía, donde belleza física (kalós) y bien ético/moral (ēthikós) se infunden. Veinticuatro siglos después, Jean Piaget describió ese tránsito como una secuencia de edades del pensamiento, en las que el niño pasa del juego sensorial al razonamiento lógico, del asombro inmediato a la reflexión simbólica. Su teoría nos recuerda que el conocimiento no se transmite, se construye, paso a paso, en diálogo con el mundo.
Esta exposición trata quizá sobre los niños como ejes de la conciencia, ya que propone una mirada estética sobre esas transformaciones invisibles. A través de retratos y escenas de infancia, las obras reunidas revelan cómo la mirada del niño cambia —cómo aprende a ver, a actuar, a imaginar—, y cómo en ese cambio constante deja retratado un instante, como en estas obras de Salustiano, Cerero y Conchi Álvarez en las que aparecen con naturalidad, sin vergüenza y con orgullo. El desarrollo infantil se da en una sucesión de etapas cognitivas, donde el pensamiento se construye por descubrimiento y no por simple transmisión. Desde la experiencia sensorial hasta la abstracción lógica, el niño atraviesa umbrales de conocimiento que son también umbrales de un alma organoléptica. Esta muestra selecta de obras enlaza ambas visiones —la filosófica y la pedagógica— e indaga en la construcción artística de las miradas. El arte, como la educación, se convierte aquí en un proceso de abstracción de las infancias universales. Las obras forman un itinerario simbólico de edades del niño. Recuerdan el asombro, la timidez, la conciencia de sí, el diálogo con el otro, la transcendentalidad del juego y la inconciencia del destino.
En Love Shines So Bright de Salustiano, la infancia se presenta como en forma de conciencia infantil cristalizada. Su retrato de niño con cuerpo brillante y mirada retadora retrata el ideal de belleza renacentista actualizada. Sugiere la resignación a una paideia medieval alegóricamente representada con traje infante de gesto serio y pureza en la mirada y en los buenos pensamientos, momentos previos a la adolescencia donde el alma limpia aún resplandece sin historia.
El retrato de Diego Cerero sobre fondo amarillo, con su trazo visible y geometría animada, muestra una edad intermedia, cómo los niños comienzan actuando un papel que lo sienten como su propio lugar en el mundo. La construcción pictórica, entre el dibujo inacabado y la figura consolidada, nos remite de nuevo a Piaget, a ese momento en que la estructura del pensamiento aún se está formando, entre la intuición y la lógica. Para Conchi Álvarez, en sus escenas urbanas de los niños hablando, la infancia se abre al espacio colectivo, al asfalto. Allí, la percepción se relaciona con los gestos, las sombras y el entorno urbano, que aluden a la dimensión social del aprendizaje, a la asimilación del mundo que les rodea, a la convivencia y al disfrute de lo divertido, del error del otro, del fallo. La pintura rescata ese instante en que la
mirada infantil analiza el mundo, destapando los encantos y los desencantos.
En conjunto, configuran una reflexión artística y filosófica de la importancia sentimental del estar mirando. Porque en cada niño —real o pintado— se refleja la posibilidad de mirar y volver a mirar, como dijera Paul Valéry de la mar… siempre empezando. La mirada alegórica desde estas infancias podría entenderse como una puerta abierta al mundo, una metáfora de la psique en proceso de construcción. Detenidos ante los cuadros de esta exposición el arte y la pedagogía se solapan para sugerir como tesis conceptual artística, algo así como pinturas para mirar y dejarse ver. En este sentido, la infancia sería la imagen de una mirada continua, inconsciente, que antes de probar el veneno de la razón, vive el tiempo más feliz de su infinita vida, de goce de la luz, de los olores, del sonido, de los rostros de los otros… Pero cuando llega el instante — silencioso y profundo— en que esa luz se vuelve opaca, ya el sentirse bien es otra cosa, se ha convertido en un saber-hacer para sobrevivir, con otra conciencia, ese llamado segundo nacimiento del alma que inaugura la otra y diferente vida alejada ya de las inocentes miradas.
Entonces, ¿Amor o Pedagogía? Cuidado con las Ciencias de la Educación, no pase como a Apolodoro en la novela de Unamuno. Esa ejemplar novela concluye mostrando que la vida no puede ser educada ni domesticada por la razón: cuando se intenta reemplazar el amor por la ciencia, el resultado es la destrucción del alma humana. Personalmente, me parece, que ante todo la Pedagogía debiera aplicarse sobre el niño para transformarlo en un sujeto racional, es decir, en alguien capaz de actuar y pensar dentro del sistema cultural que lo produce, hoy sería en un sujeto globalizado y globalizante. Esto implica que la conciencia no es algo dado, sino una forma construida socialmente, una estructura operativa que emerge en el contacto con el lenguaje, las tecnologías y la comunidad global socializada. Siendo así, la Conciencia no es la que crea el Mundo, sino el Mundo —el globo, la sociedad, la cultura— el que produce la Conciencia. En ese sentido, el niño no despierta a la conciencia desde dentro, sino que la adquiere en la interacción con el entorno, con las normas, los objetos, los otros. Podría decirse que el aprendizaje —y, por extensión, la educación ética y estética— da forma a la conciencia desde fuera hacia dentro.
Roberto Ballesteros









