ART TORONTO 2026

ART TORONTO 2026

ART TORONTO 2026

Del 29 de octubre al 1 de noviembre

En nuestra primera exhibición en Art Toronto, la feria de arte más importante de Canadá, presentamos un proyecto individual de la artista Conchi Álvarez. Pinturas pertenecientes a una nueva serie sobre el Paraíso, el Edén, y sus árboles, destacando poderosamente el Árbol de la Vida.

EL ARBOL DE LA VIDA, Axis Mundi

Ante una obra de esta magnitud alegórica, la aparente sencillez temática, que a primera vista descoloca y desborda todo límite de suponer una comprensión simple e inmediata, se hace solidaria con la intensidad de la química del Lapislázuli con bermellón y oro transformando la alquimia de los pigmentos del oficio adquirido y el ego transcendental del artista, y nos coloca con admiración a los pies de una tabla/puerta que nos obliga a inclinar la cabeza de abajo arriba y viceversa, conectándonos con la magia de este personalísimo árbol, logro cenital en la carrera artística de Conchi Álvarez, insinuando insospechadas alusiones metaméricas del simbolismo numinoso de la vegetación y de los árboles.

El árbol natural biológico fue entendido desde antiguo ―si tomamos como referencia los estudios de M. Eliade sobre las religiones y las culturas precivilizadas― como la materialización del Cosmos Vivo en su manifiesta incesante regeneración. Desde esa condición biológica de la regeneración, ininteligible para las primeras religiones, el mundo vegetal y en especial el árbol, ha mantenido un lugar insustituible como objeto central de ceremonias rituales, místicas, cosmológicas, o puramente simbólicas. Como fuente de vida inagotable y autosuficiente, su fuerza natural equivaldría a la inmortalidad y por analogía a la identificación del árbol natural con el Árbol de la Vida sin Muerte. Los símbolos del centro se presentan en formas variadas, puesto que todo espacio hierofánico, templo, ciudad, árbol, montaña…, es, a la vez, un símbolo del centro por el hecho de que en él está incorporada la realidad absoluta, la sacralidad y la fuente de la vida (inmortalidad). Pero, entre todos ellos, se destacan tres fundamentales, la Montaña Cósmica, el Pilar o Columna Central y el Árbol Cósmico o Centro del Universo, principio y final del mundo por sí mismo, Axis mundi, el más popular y difundido.

Desde aquellas primordiales religiones de la vegetación, las piedras y los animales, en India o Mesopotamia, van modulándose con los siglos, de una manera discontinua en el tiempo y en sus funciones constantes, las diferentes valencias del Árbol y se convertirá en objeto divino en virtud de su fuerza de resistencia, del poder que manifiesta porque trasciende la fragilidad de otros seres numinosos destructibles. El poder principal del árbol, como en la obra de Conchi Álvarez, se sustancializa en su ontogénesis o rotunda presencia física en un contexto paradisíaco. El árbol del Paraíso está cargado de connotaciones sagradas, alusiones a la verticalidad ingrávida y a la escatología de su crecimiento de la tierra al cielo. El árbol cósmico primigenio por excelencia es Yggdrasil, sus raíces se hunden hasta el corazón de la tierra y su copa es tan alta que llega al cielo, donde se halla el reino de los gigantes y también el infierno de la mitología escandinava.

Son innumerables los mitos y leyendas en los que interviene un árbol sagrado o cósmico, una columna que sostiene el mundo, un Árbol de la Vida o un árbol milagroso que confiere la inmortalidad al que come sus frutos, y todos esos mitos y ontologías lógicas se sintetizan en la visión del Axis Mundi.

En el Génesis se mencionan especialmente el Árbol de la Vida y el de la Ciencia del Bien y del Mal entre todos los demás árboles del Paraíso. Los libros Vedas hablan de un Árbol cuya savia produce la vida. Tal y como puso de relieve toda la tradición hermenéutica (alegórica) de las Escrituras iniciada por Filón de Alejandría, la inocencia y la unidad primordial con la naturaleza se perdieron cuando el hombre comió el fruto prohibido del árbol del conocimiento. Justo en ese momento, el cielo y la tierra se separaron, el hombre fue expulsado del paraíso y se hizo imposible la comunicación entre los dioses, los animales y los hombres.

Para los cristianos de los primeros siglos el árbol simboliza la Cruz de Redención y es frecuentemente representada en la iconografía cristiana como un Árbol de la Vida pues ambos suponen la destrucción de la muerte. El árbol de la cruz de Cristo, según el desarrollo de la teología cristiana, vino desde el cielo a ofrecer un carácter complementario y concluyente a la caída de Adán, pues si el primer árbol había traído el pecado y la muerte, el árbol de la cruz debía traer la salvación al mundo por medio de la muerte del hijo de Dios.

A lo largo de la Edad Media y por todos los países cristianos circuló un gran número de leyendas sobre la madera de la Cruz. En Inglaterra, por ejemplo, fue muy conocida la cruz del salterio de Evesham, de 1250, donde Jesucristo aparecía crucificado no en dos maderos cruzados, sino en dos ramas en forma de cruz que imitaban al árbol. A su lado aparecían la Virgen y San Juan, y sobre la imagen había dos ángeles que sostenían dos discos con las caras del sol y de la luna.

En Alemania encontramos los crucifijos dolorosos de Coestfeld y Bocholt, también conocidos como Gabelkreuz, cuya particularidad consiste en que carecen de travesaño horizontal, habiendo sido sustituido éste por dos palos oblicuos en forma de Y griega. Desde siempre se ha atribuido la forma singular de estos crucifijos, en Y griega, a la voluntad de reproducir el aspecto del tronco y las ramas de un árbol, para identificar la cruz con el árbol de la redención y el árbol por medio del cual se cometió el primer pecado del mundo.

En el Árbol del Paraíso de Conchi Álvarez el Xilema es un tejido vegetal lignificado con diferentes azules por donde se suministra una sabiduría que fluye de las raíces a las hojas a través del imponente cuerpo del Árbol de la redención, por donde discurre la vitalidad vascular de la artista, se distribuye su pureza conceptual, la suerte y la nobleza simbolizadas en esos colores que rodean las dos alburas de oro, que no pudiendo llegar a ser ramas de hojas con flores, por mor de la serpiente que merodeando escupe el mal y huye, son ahora luminosos nudos esenciales que conforman la autenticidad alegórica de este cuadro. Una obra contemporánea que utiliza la gama exótica de color que los grandes pintores renacentistas, Leonardo, Durero, Giotto o Fra Angelico intentaron poner en sus cuadros. Oro azul como fulcro estético de un dibujo plano donde se apoyan dos dimensiones como géneros de materialidad donde conviven en el mismo espacio antropológico posible, el hombre, las cosas y Dios.

Roberto Ballesteros

CONCHI-ALVAREZ

CONCHI ÁLVAREZ

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EL ÁRBOL

Acrílico sobre tabla

191 x 65 cm

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EL ÁRBOL (Detalle)

Acrílico sobre tabla

191 x 65 cm

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EL ÁRBOL (Detalle)

Acrílico sobre tabla

191 x 65 cm