06 Nov ART MIAMI 2024
Del 3 al 8 de diciembre

Presentamos para Art Miami 2024 un proyecto comisariado sobre la tauromaquia con obras de 3 artistas españoles: Salustiano, Conchi Álvarez y Diego Cerero. Torero y espectáculo taurino son palabras que no dejan indiferente a nadie, pero más allá de la extraordinaria performance entre toro y torero, está el origen de esta celebración casi litúrgica.
Preside el estand la deidad femenina de la diosa Hathor, la diosa vaca egipcia, el origen primigenio del culto al toro como animal sagrado. El faraón era hijo de la diosa del cielo, Hathor, y de Ra. En la mitología egipcia, como vaca del cielo, Hathor devora por las noches a su hijo, el dios solar y como diosa antropomorfa (cuerpo de mujer y cabeza con disco solar y cuernos liriformes) recibe y concibe a su hijo el faraón difunto mediante la fusión corporal. Hathor se asociaba con la idea de diosa madre. La diosa de Salustiano preside la escena desde un sencillo altar a modo de retablo contemporáneo dispuesta a recibir las ofrendas de toros y toreros.
Y es que, el culto al toro, continuó en el Mediterráneo perpetuando una atracción milenaria. Destacables son las ceremonias rituales de Creta en las que eran sacerdotes, hombres y mujeres, los que se enfrentaban al toro. Y por ello, esta actuación, en la que el concepto de muerte está presente en todo momento, tiene una atmósfera casi sagrada, en la que es esencial la preparación mental y psicológica del torero. Incardinadas en esa tradición ancestral están las obras de Diego Cerero y Conchi Álvarez.
Conchi Álvarez es creadora de una serie sobre la tauromaquia, en la que centra su atención en el hombre, el torero, el matador, el toreador de a pie, descubriendo ese ritual, casi litúrgico, que encierra el espectáculo taurino. Un proceso de purificación en el que el hombre, despojado de su ropaje mundano, comienza la catarsis para lograr la sublimación interior. Un delicado y silencioso protocolo en el que cada prenda es un escalón más en la transformación espiritual, estableciendo un ritual que se transmite de generación en generación, y en el que se produce la transformación de hombre a héroe, un semidiós, dispuesto a realizar en la plaza de toros una performance en la que se verá, cara a cara, con la muerte. Y es en la Plaza de toros donde sigue el ritual, que culmina en la Vuelta al Ruedo, premio triunfal si la faena lo ha merecido y que es la obra principal de esta artista en este proyecto. En las obras de Conchi no aparece el toro, aunque sabemos a través de las acciones y miradas del torero, que está, pero fuera de plano.
UN DIOS OLVIDADO
Los tres cuadros elegidos para esta exposición forman sorprendentemente una suerte de materias artísticas conjugadas entre sí que posibilitan ensayar una explicación que, aunque exageradamente sintética dado el espacio, nos permite construir una idea esencial del núcleo, cuerpo y curso de la religiosidad humana en tres etapas muy diferentes de su historia y de su hacer artístico, representadas aquí por las pinturas de Conchi Álvarez, Diego Cerero y Salustiano. Cada uno de estos tres artistas presenta con evidente singularidad y maestría técnica su trabajo, sin acaso sospechar que están desvelando un contexto de conexión magnífico entre sí, desbordando el título de las cartelas hacia una transcendente contribución de la Antropología Filosófica en el Arte.
Tres cuadros, tres técnicas, tres ejes de un espacio antropológico formando tres momentos históricos que parecen surgir de un núcleo de fenómenos comunes dentro del inmenso depósito de materiales religiosos donde poder elegir. Este núcleo de las religiones es aquello que se designa por medio de la palabra latina numen. Los númenes, y lo numinoso de los númenes, serían categorías de la vida religiosa y todo aquello que se dé en ese marco de relaciones de los hombres y los númenes ha de llevar, sin dudarlo, el sello de la religiosidad. (véase “El animal divino”, Gustavo Bueno,1996).
Cada uno de los tres cuadros de esta exposición formaría un período de religiosidad primaria, secundaria y terciaria que abarcaría también, intencionalmente claro está, la totalidad de la evolución humana. A la fase primaria de la religión o estadio nuclear, tomando como punto cero los últimos momentos del Paleolítico medio en un orden de 60.000 años, la época de “el hombre cazador”, donde los númenes son animales pintados “que salen de las paredes de las cuevas” por medio del fino arte pictórico del chamán. Arte parietal, etológico, lleno de matices imposibles de abordar aquí. Fueron soporte primitivo de numinosidad mágica/religiosa, son las “piedras habitadas” y Los “dioses de montaña”, animales cornudos que fueron ancestros de lo numinoso, en las cuevas o el monte.
Si ahora nos ponemos frente al Toro 1 de Cerero lo veremos como apareciendo desde el lienzo en blanco hacia nosotros, viniendo, es evidente, del más allá, funcionando como numen psicopómpo (del griego ψυχοπομπóς, psychopompós, de psyche, “alma”, y pompós, “el que guía o conduce”); de repente el animal queda frenado y perplejo. Cerero lo deja dibujado con la simplicidad aparente de los chamanes/artistas de las cuevas. Pero frente a los bisontes de Altamira, en el toro de Cerero vemos algo actual: la mirada espantada del animal es una numinosidad invertida, etológica, donde la sorpresa del toro parece quedar patente en la modernidad de esta obra perfectamente ejecutada. Ese camino transitable desde el más allá está mucho más presente como veremos en las religiones secundarias, mitológicas, donde las figuras animales aparecen fundidas a las figuras humanas en una unión hipostática, como en el cuadro de la Reina/Diosa Hathor de Salustiano.
Prácticamente todas las divinidades egipcias fueron concebidas como animales o estuvieron relacionadas con animales sagrados. En Egipto se pensaba que el ganado era la principal, pero no la única, encarnación de las misteriosas fuerzas de la vida que el hombre llama divinas. La religiosidad secundaria abarcaría la época de la aparición progresiva, entre los númenes, de la figura humana en calidad de señora de los animales, entremezclada constantemente con formas zoomórficas.
La liquidación cinegética por parte del primitivo cazador paleolítico dará paso a una domesticación del animal salvaje en el Neolítico y la Edad de Bronce, pero continuará, por metábasis (μετάβασις, transición) siendo un númen proyectable a los cielos y al panteón mitológico. La figura creciente de la luna puede ser vista como figura formada por dos cuernos de un toro y, a partir de esta semejanza se reconstruirá el toro numinoso en la metábasis del dios Osiris representado como un toro de cuernos puntiagudos.
En la obra Zahara Kimono/Diosa Hathor de Salustiano quedaría patente la mitología delirante que esta etapa de la religiosidad secundaria o mitológica va confiriendo en pro de una racionalidad pragmática y funcional consistente en perpetuar la inmortalidad zoomórfica de los reyes inmortales que engrandecieron al pueblo egipcio con sus obras de ingeniería divinizadora, estrictamente formalizada en el culto y el ritual de las ceremonias. La diosa Hathor en general se representaba más comúnmente como una mujer hermosa que portaba un disco solar rojo entre un par de cuernos de vaca. Era la diosa dorada que ayudaba a las mujeres a dar a luz, a los muertos a renacer y al cosmos a renovarse. Esta compleja deidad podía funcionar como la madre, la consorte y la hija del dios creador. Muchas diosas menores se acabaron considerando «nombres» de Hathor en sus aspectos contrastados de benevolencia y destructividad. Salustiano nos desvelará su brillante actualización de la diosa.
La transición de la religiosidad secundaria/mitológica a la terciaria se entendería como un período crítico con la mitología secundaria. Es la religiosidad de la teología natural y de los monoteísmos, la esencia metafísica de las ceremonias construidas como un hacer con finalidad en el Dios que enseña el Bien, la Bondad y la Verdad, por medio no de obras sino de instituciones y ceremonias. Destruida la numinosidad del animal divino, criticada la delirante mitología de la religiosidad secundaria, perviven, como en la tauromaquia, rituales convertidos en juego y referentes estéticos que no es fácil sintetizar en una idea.
Todo en el toreo es ceremonia, o más precisamente, un conjunto de ceremonias. Ceremonias cuya explicación únicamente puede darse en clave religiosa en las relaciones del hombre con la esfera de una numinosidad persistente. Como en este Paseo triunfal que trae Conchi Álvarez para Art Miami de su colección sobre la Tauromaquia, donde se percibe la esencia ritual del toreo, la estética de una ceremonia con gestos, suertes, supersticiones y una sonrisa seria de haberse jugado la vida una tarde más en el laberinto metafísico del Minotauro.
Roberto Ballesteros

INSTALACIÓN DE ZAHARA KIMONO COMO DIOSA HATHOR
Instalación del año 2024. Pintura del 2019
Instalación: medidas variables. Pintura (tondo) 130 cm

DETALLE-INSTALACIÓN DE ZAHARA KIMONO COMO DIOSA HATHOR
Instalación del año 2024. Pintura del 2019
Instalación: medidas variables. Pintura (tondo) 130 cm
Salustiano es un pintor sevillano, maestro del ámbito figurativo, que cuenta con un merecido reconocimiento internacional. Sus obras, retratos impactantes, sobresalen por la brillante técnica de ejecución y esa fina elegancia que sólo consiguen los clásicos. En la contemplación de su obra, resulta inequívoca la reminiscencia al Renacimiento más sublime, con una composición de invocación cuatrocentista, en la que deslumbran los fondos planos monocolores, de un rojo rotundo, el “rojo Salustiano”, o un negro tornasolado, logrados a partir de pigmentos naturales que saturan ese fondo y lo desbordan, contagiando la ropa. Ello consigue aislar las figuras, mayoritariamente torsos, obteniendo un efecto de tridimensionalidad superlativa, a modo de rompimiento de gloria del siglo XXI. De este modo, sus figuras se convierten en tipos iconográficos de nuestro tiempo, consiguiendo ser el paradigma de un nuevo neorenacimiento de rotunda contemporaneidad.
Preside nuestro estand la deidad femenina de la diosa Hathor, la diosa vaca egipcia, el origen primigenio del culto al toro como animal sagrado, obra de Salustiano. El faraón era hijo de la diosa del cielo, Hathor, y de Ra. En la mitología egipcia, como vaca del cielo, Hathor devora por las noches a su hijo, el dios solar y como diosa antropomorfa (cuerpo de mujer y cabeza con disco solar y cuernos liriformes) recibe y concibe a su hijo el faraón difunto mediante la fusión corporal. Hathor se asociaba con la idea de diosa madre. La diosa de Salustiano preside la escena desde un sencillo altar a modo de retablo contemporáneo dispuesta a recibir las ofrendas de toros y toreros.
El toro está, en este proyecto, en la obra de Cerero. Sus pinturas atraen con especial magnetismo. Sin duda debido a la magnitud del canon utilizado, que roza el colosalismo y que invade el espacio escénico. Pero lo más importante, sus toros son retratos en los que aparece perfectamente individualizado cada animal. Su atelier, situado en un campo rodeado de animales, explica esa mirada cómplice hacia el toro al que dota de vida interior, trasmitiendo un no sé qué profundo que recuerda a esa deidad mediterránea que ha pervivido y sigue vigente hoy.
Conchi Álvarez es creadora de una serie sobre la tauromaquia, en la que centra su atención en el hombre, el torero, el matador, el toreador de a pie, descubriendo ese ritual, casi litúrgico, que encierra el espectáculo taurino. Un proceso de purificación en el que el hombre, despojado de su ropaje mundano, comienza la catarsis para lograr la sublimación interior. Un delicado y silencioso protocolo en el que cada prenda es un escalón más en la transformación espiritual, estableciendo un ritual que se transmite de generación en generación, y en el que se produce la transformación de hombre a héroe, un semidiós, dispuesto a realizar en la plaza de toros una performance en la que se verá, cara a cara, con la muerte. Y es en la Plaza de toros donde sigue el ritual, que culmina en la Vuelta al Ruedo, premio triunfal si la faena lo ha merecido y que es la obra principal de esta artista en este proyecto. En las obras de Conchi no aparece el toro, aunque sabemos a través de las acciones y miradas del torero, que está, pero fuera de plano.







