MIENTRAS LA CIUDAD DUERME

 

«Mientras la ciudad duerme» es la tercera exposición individual de Miguel Ángel Iglesias en STOA.

Nuestro espacio expositivo, en esta ocasión, muestra obras realizadas en acrílico, tanto en lienzo como en papel, su técnica habitual.  Todas ellas utilizando pintura en blanco y negro, por tanto grisallas, y el tema es el que caracteriza la obra de Miguel Ángel, el paisaje urbano.

La visión es celestial, una vista de pájaro que nos transporta a un imaginario avión cercano al aterrizaje. Y en ese momento, la mirada del artista busca los rascacielos, el Down Town (Centro) de esa ciudad ideal en la que han desaparecido los seres humanos, los automóviles, la actividad urbana, y sólo quedan, como esculturas totémicas, estas torres de acero y cemento.

Miguel Ángel, como es habitual en él, tiene una pintura cuidada, muy trabajada, una joya del ámbito figurativo. Las perspectivas, perfectamente trazadas, invitan a penetrar en el enjambre urbano y recorrer las avenidas, tratando de desentrañar qué esconden estos edificios herméticamente cerrados.

 

MIENTRAS LA CIUDAD DUERME

 

Bajo el título Mientras la ciudad duerme, la Galería Stoa presenta para su nueva exposición, estas obras de Miguel Ángel Iglesias en las que no solo evocan el misterio y la introspección, sino que plantean una reflexión sobre el equilibrio entre progreso y sostenibilidad demográfica. La ciudad, dormida, desierta, revela su alma, su esencia artística representada: un territorio vulnerable que nos interpela desde el silencio. Miguel Ángel Iglesias, visionario pintor de esculturas urbanísticas nos sumerge en una serie de paisajes urbanos detenidos, un momento figurado, donde la arquitectura civil se convierte en escultura totémica, en fetiches de cien plantas, en naves de almacenaje de mercancías y edificios comerciales sin clientela.

Inspirado en la estética formal de la “pintura metafísica”, especialmente en la obra de Giorgio de Chirico, Iglesias propone una visión de la ciudad como espacio mental, como escenario de una narración interior y atemporal, que no solo dialoga con la tradición plástica y los movimientos surrealistas de las vanguardias de principios del siglo pasado. También se adentra en el imaginario visual y literario del cine negro de los años 50 y la novela detectivesca norteamericana, especialmente en los ambientes creados por el novelista Raymond Chandler. Como en El sueño eterno o Perdición, aquí la ciudad no es un simple telón de fondo, sino un protagonista en sí misma: oscura, desierta, cargada de presencias invisibles. Iglesias recoge esa atmósfera de tensión latente, de misterio no resuelto, y la traduce en imágenes donde la luz artificial, las sombras proyectadas y la geometría urbana construyen un relato sin personajes, pero lleno de huellas y escenarios abandonados. La ciudad duerme, pero bajo su superficie laten preguntas. ¿Qué queda cuando se apagan las luces del consumo, del tráfico, del espectáculo? Iglesias responde con una pintura que no denuncia, pero que sugiere. En sus obras, el espectador se convierte en detective: debe recorrer los espacios con la mirada, intuir lo que no se muestra, escuchar el eco de lo no dicho, hay que incorporar nuestra propia vida personal a cada obra de arte que lo pide. Así, Mientras la ciudad duerme articula un cruce poético entre el arte alegórico que construye el film noir, la literatura norteamericana de posguerra y el expresionismo Alemán, incitando a observar la ciudad desde el margen, cuando todo parece quieto, pero todo sigue maquinando, bullendo de vida nocturna, amorosa y salvaje.

En Mientras la ciudad duerme, Miguel Ángel Iglesias nos ofrece una visión suspendida de la ciudad: un territorio que parece abandonado, pero que en realidad contiene todas las huellas de lo vivido en plenitud. Heredero del lenguaje de la pintura metamérica (más allá de las partes que se ven).

Sus escenarios no son simples vistas urbanas: son territorios mentales, profundamente evocadores, donde el vacío sugiere más que lo visible. En este sentido, la obra de Iglesias se alinea con el espíritu de la novela negra de los grandes escritores del género del thriller, donde la ciudad —como en El largo adiós o El sueño eterno— se convierte en un laberinto moral, plagado de sombras, secretos y soledad.

Del mismo modo, sus pinturas también resuenan con la estética del cine negro mítico, especialmente con dos clásicos fundamentales: La jungla de asfalto (John Huston, 1950) y El tercer hombre (Carol Reed, 1949). En La jungla de asfalto, la ciudad es un escenario donde la fragilidad humana y la ambición chocan en un entorno cerrado, nocturno, lleno de tensión contenida. Iglesias toma esa atmósfera de ruina elegante y de espera trágica, y la traslada al lienzo: estructuras sólidas, pero inhabitadas; espacios abiertos, pero clausurados por la ausencia. Lo urbano se convierte en lo existencial. Por otro lado, El tercer hombre aporta otra dimensión: la del desencanto en un mundo postbélico, donde las ruinas de Viena no solo son físicas, sino también éticas. La ciudad, recorrida por luces oblicuas y alcantarillas simbólicas, esconde verdades que solo se revelan desde la penumbra. En la obra de Iglesias, encontramos ecos de esas calles desiertas y esa tensión subterránea: sus arquitecturas, aunque limpias y estructuradas, vibran con el misterio de lo que ha sido y ya no es. Sus ciudades dormidas no son inocentes: son espacios donde se intuye el eco de lo humano, incluso en su desaparición. Así, Mientras la ciudad duerme es una reflexión plástica, literaria y cinematográfica sobre la ciudad como escenario simbólico. Iglesias no narra historias de forma directa, pero deja pistas, atmósferas, huellas. Como un director de cine o un novelista, compone escenas abiertas, en las que el espectador debe asumir el rol de observador, detective, habitante ausente.

Arquitectura y clase: La ciudad como jerarquía vertical. Chicago, cuna del rascacielos moderno y símbolo del dinamismo urbano norteamericano, es mucho más que una postal arquitectónica. Sus edificios no solo definen el skyline: hablan de poder, desigualdad, historia y exclusión. Cada estructura, cada calle, cada barrio refleja la manera en que las clases sociales se distribuyen —y se separan— en el espacio urbano. En las alturas de sus torres de vidrio habita el capital financiero, los ejecutivos, el éxito visible. Oficinas minimalistas con vistas al lago Michigan, condominios de lujo, áticos diseñados para el confort y la exclusividad. La verticalidad aquí no es solo arquitectónica, sino simbólica: cuanto más alto se vive o se trabaja, más lejos se está del suelo —y de quienes lo habitan. A ras de calle, en cambio, se cruzan las dinámicas del trabajo precario, del transporte, de los márgenes. En los suburbios del sur y el oeste, históricamente relegados a comunidades afroamericanas y latinas, la ciudad se fragmenta: menos inversión, más inseguridad, servicios públicos deficientes. Allí también hay arquitectura, pero no de acero y cristal: hay ladrillo, hay abandono, hay supervivencia. Este contraste físico expresa lo que la socióloga Loïc Wacquant llama «la urbanización de la desigualdad»: cuando la ciudad misma se convierte en un mapa visible de las diferencias sociales. En este contexto, los edificios no son neutros: son marcadores sociales. Un bloque de viviendas puede hablar de políticas de vivienda pública, de desinversión, de comunidad; un rascacielos puede hablar de especulación, de aislamiento, de prestigio. Relacionar esta lectura sociológica con el arte, como hace Miguel Ángel Iglesias en Mientras la ciudad duerme, nos permite leer la ciudad como una narración estratificada, donde cada fachada encierra historias de exclusión o privilegio. Al representar ciudades desiertas y silenciosas, Iglesias no borra las clases sociales, sino que las convierte en espectros que habitan la arquitectura misma.

Roberto Ballesteros

MIGUEL ÁNGEL
MIGUEL ÁNGEL IGLESIAS
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LA CUADRATURA DEL CÍRCULO Det.

Acrílico sobre papel

100 x 70 cm

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LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

Acrílico sobre papel

100 x 70 cm

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EL SUEÑO ETERNO

Acrílico sobre papel

76 x 56  cm

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PERDICIÓN

Acrílico sobre papel

76 x 56  cm

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ACERO Y CEMENTO Det.

Acrílico sobre lienzo

106 x 76 cm

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ACERO Y CEMENTO

Acrílico sobre lienzo

106 x 76 cm

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EL ATAJO AL ESCENARIO Det.

Acrílico sobre papel

100 x 70 cm

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EL ATAJO AL ESCENARIO

Acrílico sobre papel

100 x 70 cm